8 nov. 2015

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El origen de las notas musicales

Guido Aretino (también llamado Guido d'Arezzo) fue un monje italiano y teórico musical. Nació en Arezzo (Toscana) en el siglo I d.C. Estudió en Pomposa y luego trabajó como maestro en la escuela catedrática de Arezzo, donde destacó en la enseñanza vocal y musical. En esta escuela fue donde escribió su tratado musical más importante: el Micrologus de Disciplina Artis musicae. A lo largo de su carrera, también redactó otros tratados:

          • Prologus in Antiphonarium
          • De ignoto cantu
          • Regulae rythmicae
          • Epistola ad Michaelem

Además de esto, Guido es también célebre por inventar la solmisación y la mano guidoniana.

La mano guidoniana se utilizaba para ayudar a los cantantes de gregoriano de la Edad Media a leer a primera vista. Para enseñar el sistema, el maestro indica una serie de notas sobre la palma de la mano y el estudiante debía entonarlas a la vez que el maestro señalaba la parte de la mano en la que estaba situada cada nota. Además, el alumno debía mirar la partitura y seguirla sin equivocarse, ¡todo al mismo tiempo!

El origen de la solmisación también es muy curioso. En aquella época se solía cantar un himno a San Juan Bautista conocido como “Ut queant laxis”. Este himno consta de siete versos. A continuación tenéis la partitura de dicho himno, aunque versioneada a pentagrama:

ut queant laxis




Cada uno de estos siete versos comenzaba con una nota de la escala de Sol menor ascendente. Esto es debido a que el si natural se evitaba y se rebajaba a un sib. Esto se hacía por miedo al llamado tritono o diabulus in musica. Dado que la primera sílaba de cada verso coincidía con la nota, se decidió asignar esa sílaba a cada nota de la escala natural occidental. Guido de Arezzo denominó a este sistema de entonación solmisación (en latín, solmisatio), y más tarde se le denominó solfeo.


Algunos países sustituyeron "Ut" por "Do", por una cuestión práctica, y es que la "u" es una vocal tan cerrada que dificultaba la entonación a la hora de solfear. Como solución se cambió por una vocal más abierta (la o) y una consonante que ayudase a lanzar el sonido. Este arreglo se extendió al resto de Europa.

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