20 nov. 2015

Publicado 20 noviembre por con 1 comentario

¿Sigue siendo arte aquello que no se puede percibir con los sentidos?

A pesar de ser muy difícil de definir, la mayoría de la gente distingue entre lo que considera arte y lo que no considera arte. Esto es algo bastante subjetivo. De hecho, hay gente que considera que “el arte por el arte” es un concepto erróneo, ya que el arte siempre debería transmitir algo o tener alguna intención. Esta gente no consideraría el arte abstracto definible como arte. Algunos llegan al extremo de ver así cualquier arte experimental. Por otro lado, hay gente que acoge el plano conceptual o la mera existencia de algo como arte, que abarcaría casi cualquier objeto.

Pues bien, una de los más importantes atributos del arte es la existencia de un receptor que quiera apreciarlo. Es aquí donde el arte conceptual, aquél cuya mayor carga artística no es perceptible por los sentidos, empieza a suponer un problema. Pongamos un ejemplo: Vertical Earth Kilometer de Walter de Maria. Esta obra consiste en una barra de latón de un kilómetro de longitud insertada en el suelo de una plaza alemana (Friedrichsplatz, Kassel). Únicamente se puede ver un pequeño círculo de unos pocos centímetros de diámetro, ya que el resto está bajo tierra. El valor artístico de esta obra se basa, pues, en algo simbólico y no inmediatamente demostrable (no tiene por qué haber nada bajo ese círculo). Nos encontramos ante esta paradoja en la que no parece correcto clasificar algo inobservable como arte, a pesar de que decir que el concepto en sí no es arte tampoco resulta apropiado.

Vertical Earth Kilometer
Vertical Earth Kilometer. / Daniel Lobo
Esto también ocurre en la música, con la polémica obra 4’33” de John Cage (compuesta en 1952), que ha creado más de una discusión entre músicos. Se trata de una obra en la que ningún instrumento toca durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. El autor respalda el valor artístico de su obra en su profundidad filosófica, igual que aquellos que lo consideran arte. Otros músicos que lo apoyan resaltan cómo permite oír el ruido del público. En cambio, hay un gran número de personas que no lo consideran música por el simple hecho de que no hay sonidos. Hay un aspecto muy claro de esta obra, y es que reabre el debate de aquello que es arte y aquello que no lo es. Por tanto, si bien esta obra puede no ser considerada música, probablemente sea, a pesar de ello, arte.

Por si fuera poco confuso, se puede encontrar una obra de Alphonse Allais compuesta 55 años antes, Marchefunébre composée pour les funérailles d’un grand homme sourd (marcha fúnebre compuesta para el funeral de un gran hombre sordo). Se trata de 24 compases con silencios, y el resultado es idéntico al de John Cage, más de medio siglo después, aunque esta obra tiene una intención totalmente humorística. ¿Entonces, es esta obra arte? Si lo fuera, es evidente que el carácter jovial de esta nada tiene que ver con la que aspira a ser una profunda reflexión filosófica. ¿Pero no es absurdo clasificar dos obras idénticas en dos estilos tan distintos? Esta pregunta es un tanto más difícil. Y es básicamente por lo que comentamos al principio: el arte necesita un receptor. Si el receptor está abierto a interpretarlo de una manera, es inevitable que se pueda manifestar así y no de modo completamente distinto, incluso si solo depende del contexto o de su título.

En una obra para piano de 1919 de Erwin Schulhoff, Fünf Pittoresken, uno de los movimientos, conocido como “In futurum” también es básicamente silencio. Pero en este caso, Schulhoff no se limita a dejar compases de espera, sino que utiliza ritmos muy variados para los silencios, que aunque no tienen ningún efecto para el oyente, en cierto modo existen como concepto.

Situaciones de este estilo aparecen, en mayor o menor medida, en todas las artes, y especialmente cuando se entra en el terreno del arte conceptual. En todo caso hay que tener en cuenta que quien juzga el resultado final como arte es únicamente el receptor y de él depende que la obra en su totalidad tenga algún sentido o no. De ahí a considerar el silencio como música o un lienzo en blanco como pintura hay un largo camino. Hay que limitarse a apreciarlo, o no hacerlo, como el arte etéreo que es. 

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