17 ene. 2016

Publicado 17 enero por con 0 comentarios

Rachmaninoff: 2º Concierto para piano (II)

Tras el torbellino emocional que es el primer movimiento, llegamos, como en las discotecas, al lento. Sólo que esta vez es el segundo movimiento, y no hay nadie pinchando discos en ninguna cabina.

Los segundos movimientos de los conciertos suelen ser los más suaves y sencillos, al ser los lentos. Bueno, Rachmaninoff no hará ninguna excepción (no del todo), pero sí que se divertirá un poco con su estructura.

Si por algo se caracteriza Rachmaninoff, es por ser una especie de "hombre atrapado en una época que no es la suya". En pleno siglo XX -y lo que es más, en Rusia, de donde salen los compositores más experimentales-, Rachmaninoff seguía escribiendo música con los sonidos y las reglas de hace un siglo. Ese anacronismo es compensado, si es que necesita serlo, por la profundidad de la música (aunque sus contemporáneos pensaban que esta era más bien hueca).

Nótese, sin embargo, que no sólo hablamos aquí de profundidad armónica. También son profundos los temas de los que trata la música.



En este segundo movimiento, Rachmaninoff acaba de encandilar a los espectadores: si su primer movimiento es agitado y proclama su recuperación, en este movimiento toma un aire más melancólico, o reposado si se prefiere.

Sí, este tema usa sonidos más oscuros, o profundos si se prefiere. Pero, a medida que se va desarrollando, el autor se desnuda emocionalmente ante sus espectadores. No es sencillamente un fragmento. Es una obra aparte.

Miles de emociones interactúan en este movimiento: la melancolía, la tristeza, la depresión. Y, por supuesto, también las hay positivas: emoción, alegría, nostalgia... y ahí reside su brillantez. Si hay algo en lo que Rachmaninoff es experto, es en alcanzar las emociones del espectador, o su corazón si se prefiere, transformarlas en música y hacerlas renacer en el oyente. En tocar el alma humana.

El segundo movimiento comienza con un puente del Do menor en el que está el anterior a la tonalidad de Mi mayor, la de este movimiento. Ahora, no es sencillamente un puente: Rachmaninoff consigue preparar la atmósfera con apenas seis acordes con un sonido muy religioso, muy espiritual. Y entonces entra el piano.

Durante casi todo el movimiento, el piano desarrolla un acompañamiento de tresillos. Puede parecer sencillo, pero en realidad es en este acompañamiento donde reside la profundidad del movimiento, ya que crean una atmósfera íntima, un pequeño universo, frágil y sincero.

No tarda en entrar la flauta con el primer tema (el único en realidad), dulce y nostálgico. Acompañada del piano (y es que realmente es un dúo), va desarrollando este tema. A medida que va avanzando, la música cada vez cuenta más cosas; va ganando profundidad, hasta morir, y dejar paso al piano.

Con una pequeña introducción, el pianista repite el tema, aunque siguiendo el crescendo que llevaba la flauta. Destaca cómo, ahora, es el clarinete quien lleva los tresillos, y la orquesta va resaltando la melodía. A continuación, la orquesta repite...la introducción del piano. ¿Acaso es otro tema? Quién sabe. Porque justo cuando parece que las cuerdas vayan a continuar con la repetición, el piano comienza una cadencia, un crescendo que va buscando una resolución, cada vez más angustioso, cada vez más movido, pero sin prisa. Rachmaninoff quiere desarrollar la música lentamente para así, poder acabar en el estallido glorioso de la melodía. Y cuando parece que esta cadencia, o segundo tema, ha acabado, el compositor lo vuelve a repetir, de nuevo en una búsqueda, pero cada vez más críptica, más angustiosa si se quiere, y vuelve a resolver. Pero esta vez, aparte de la gloria, se ve cierto dolor.

Un arpegio da fin a este tema, y al mismo tiempo da comienzo a lo que sería el solo del piano, la "verdadera" cadencia, machacadora a nivel técnico, y que de nuevo azora este segundo movimiento. Evidentemente, tiene que acabar con una serie de arpegios oscuros, medievales; y de nuevo, Rachmaninoff sorprende con una dulce conclusión a esta cadencia.

Las cuerdas abren la útima sección, en la que se da la sensación del fin de una tormenta. Vuelve la ternura, pero esta vez hay cierta inseguridad; es un momento de reflexión, el momento en el que la música alcanza el corazón y acciona unas cuerdas invisibles que causan melancolía al tiempo que reminiscencia, un especie de sentimiento de de "dulce derrota". Y luego dicen que esta música no es profunda.

Las cuerdas repiten el tema, donde queda más clara esta idea. Llama la atención cómo las cuerdas dejan hablar gentilmente al piano cuando este da las respuestas al tema.

Y llega el momento final, tal vez el más emocional del movimiento y del concierto entero; con unos sencillos acordes y arpegios, la música va muriendo, deshaciéndose, en una especie de éxtasis sonoro, la culminación del movimiento y el descanso del artista. Recuerda tal vez a algún momento de la infancia, o a un amor perdido.

Antes del arpegio final, me llama la atención un acorde concreto (6 antes del final), que parece ser una séptima y también recuerda un poco al jazz (curioso, ¿no?) Es también el punto de inflexión, el que da sensación de ser el punto más alto de estos acordes, a partir de la cual, la música acaba de bajar.

La versión que he escogido para este artículo es la que nos mostró una jovencísima pianista (16 años), Lara Melda, en la edición de 2012 del premio Young Musician, de la BBC (premio que había ganado en la anterior edición).


Si bien no es la mejor interpretación a nivel técnico, Lara Melda demuestra poseer un entendimiento profundo de lo que está tocando, hasta el punto de que parece sentir todas y cada una de las notas que hace sonar. Difícilmente puede alguien no sentir nada con esta interpretación.



La curiosidad de este movimiento es que su estructura armónica (sus acordes) fue reutilizada por Eric Carmen en su clásico ochentero All by myself, homenaje que le costó una demanda judicial.

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