11 abr. 2016

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Rachmaninoff: 2º Concierto para piano (y III)

Tercer movimiento: el más famoso de un concierto muy famoso, y también el más enérgico de los tres


Serguéi Rachmaninoff insistía en componer, como él mismo decía, todo aquello que salía de su corazón mientras escribía. Volviendo a lo que ha sido el germen de éste concierto, la Primera Sinfonía, parémonos un momento en entender un poco al maestro compositor.

Rachmaninoff provenía de una familia aristocrática, y estudió bajo el amparo de Tchaikovsky; lo cual hacía que a su alrededor todos le alabaran y le trataran como si no pudiera hacer nada malo.

El fiasco que fue el estreno de su primera Sinfonía (en el terreno de la música "clásica" o "culta", las Sinfonías son como el cúlmen del compositor, el género máximo de la música), fue también el primer "bocado de realidad" para el joven compositor de apenas 24 años quien no sólo había perdido su protección con la muerte de Tchaikovsky, sino que además era mirado con condescencia por el director de la premiere, Glauznov. 

Se entiende mejor entonces que cayera en tal depresión: había volcado todo su espíritu e inocencia juvenil en esa Sinfonía, y a nadie le había gustado. Su música no valía. Él no servía para componer. 

Se entiende también el significado del concierto que nos ocupa: es Rachmaninoff sacándole el dedo a todo aquel que le miró por encima del hombro. Y no se equivocó: hoy en día es quizás uno de los mejores conciertos para piano que existen (compuesto cuando dichos conciertos existían desde hacía tres siglos), y uno de los más famosos. Y es que la fuerza, la fiereza y el espíritu que se perciben en la obra consagraron a Rachmaninoff como el gran compositor ruso que realmente era.

Al igual que en el anterior movimiento, Rachmaninoff transporta del Mi mayor de este al Do menor, tonalidad en la que estaba el primer movimiento; unas cuerdas traviesas y juguetonas hacen el transporte, hasta los golpes de la melodía característicamente rusos que abren paso al piano. Un complicado batiburrillo de notas va enunciando esta especie de primer tema que no es más que un scherzo (juego), desordenado pero ordenado.

El pianista sube las manos por todo el teclado para llegar al pico de la música y volver a bajar, donde, como en anteriores ocasiones, se da profundidad a la melodía, y piano y orquesta dialogan...hasta el solo del piano.

Este solo es en realidad una introducción el tema principal, el que podría ser llamado el tema del concierto: un tema tranquilo, ruso, muy romántico y muy característico. Es presentado por las cuerdas, pero quien lo desarrolla es el piano, si bien, no es aquí donde se "debe" sacar a relucir la belleza de este tema (aunque algunos pianistas lo hacen). 

Luego el piano parece estar pensando: una clara y sencilla melodía da paso a aquel tema con el que empezamos el movimiento, sobre el que Rachmaninoff va jugando, divirtiéndose. Este es el momento en que demuestra lo buen compositor que es: la música está desatada. Sobre un tema sencillo hace mil variaciones, preguntas y respuestas entre orquesta y solista. Podría pasarse el día así, y agotar al pianista, pero opta por acabar con una especie de cadencia, primero con la orquesta, luego con el piano, en el que enuncia esta melodía íntegramente. Y es que está preparando algo grande.

Rachmaninoff retoma, a mitad del movimiento, el "tema principal", un tono más arriba. Esta vez es más tierno: los espectadores ya conocen el tema. Ahora exprimámoslo.

Es aquí cuando el pianista ha de embelesar, destacar el tema, demostrar su belleza. Es, de nuevo, el alma rusa de Rachmaninoff, la añoraza y el amor a la patria.

Pero el tema acaba, repentinamente, y volvemos al juego entre orquesta y piano. El piano vuelve a "pensar", pero esta vez es más intrigante. Rachmaninoff va haciendo un crescendo...y otra sorpresa. De repente, el piano empieza a crecer, rápidamente. Y se vueve a enunciar el primer tema, esta vez representando el espíritu juvenil de Rachmaninoff, esta vez con más belleza, más Romanticismo si se quiere.

Y con una cadencia de arpegios, acordes y todas las fórmulas más difíciles que pueda tocar un pianista, se da paso al "tema principal", que esta vez es majestuoso, una despedida, y, de nuevo, una reafirmación del propio Rachmaninoff; el símbolo de la juventud ganando a la depresión. 

Y por supuesto, no podía acabar sin una última demostración de habilidad pianística; un final fuerte y apoteósico. Un broche dorado para un concierto magnífico.

Esta vez es un hombre el solista: Evgeny Kissin, también eslavo, como el maestro, monstruo de la expresión y de la técnica, en una revisión de su propia interpretación (ya la tocó con dieciséis años). La madurez con la que aborda el tercer movimiento (a partir del minuto 25:53), la sentimentalidad y la precisión, a pesar de que su forma comedida de tocar, demuestran un profundo entendimiento de la obra, y una perfecta comprensión de cómo hay que tocar. Vamos, que sabe lo que conviene en cada momento.




La curiosidad de este movimiento es, de nuevo, su uso en una canción pop, el clásico Full moon and empty arms.

Otros usos del concierto son como Banda Sonora de la película Breve encuentro, de 1945 (muy recomendable), y como inspiración en la canción Space Dementia de Muse (también muy recomendable).

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