12 jun. 2016

Publicado el 12 junio por | 0 comentarios

Ahora que todos aprendemos de Las Vegas...

     ...con la barbarie que nos envuelve en perpetuo giro, cambio y transformación, inmersos en una sociedad ininteligible, fragmentada y herida de muerte, cualquier manifestación artística puede convertirse en una prodigiosa máquina de respiración asistida artificial, capaz de salvar al hombre asilado y aislado; un ser, llamado contemporáneo, que siente con terror y conmoción por sus dolencias espirituales, además de por su desencuentro con la madre naturaleza, sin olvidar su enorme perturbación causada por la inexistencia de posibles atisbos de moralidad. Vivimos ante el hombre asfixiado; idea que ya consideraba René Huyghe en su ensayo El Arte y el Hombre, en las postrimerías del siglo XX.

     Ahora que nos sentimos fascinados por un espacio cultural degradado, repleto de series televisivas norteamericanas y las propuestas del “último pase” de la película de la semana, infectados de “paraliteratura” en clave de folleto turístico de aeropuerto, sin desconsiderar menos biografías populares, novelas rosa, amarillas o negras, fantásticas, de ficción o de saldo y ocasión. Influjos egregios que hubieran citado James Joyce, Gustave Mahler o el mismo Stanley Kubrick; y que ahora se suponen incorporados a la esencia del creador, pero que lamentablemente no están. Percibimos un “Ethos” disonante y escandaloso, cuando no subversivo o antisocial; recuérdese que “la vía intermedia es la única que no conduce a Roma”, decía Arnold Schönberg.

     Nos asaltan oleadas refrescantes de géneros de apariencia novedosa, con cifras de negocio siempre crecientes y como en toda la historia ha sucedido en cada época, el trasfondo nos muestra la muerte, la sangre, el conflicto, la tortura y el horror; en perfectas edificaciones de diseño consumista y sobre estructuras esquizofrénicas. Toman cuerpo nuevos tipos de insipidez, refugio cultural perfecto del ser contemporáneo, en la gran diáspora de las mónadas, desplazando la alienación hacia su descomposición y desaparición. En verdad, cientos de millones de seres humanos, llevados por unos amos endiosados y repugnantes, señores sin rostro que producen y reproducen las estrategias económicas mundiales que constriñen nuestras vidas; que condenan así al ser humilde y desnudo a la soledad sin ventanas, un ser enterrado en una vida irreconocible y sentenciado, la mayor de las veces, en preciosas jaulas de oro, a la vez que celdas de una prisión sin salida. El imperativo de novedad trae nuevas ideas, pero también se cae en lo superficial al convertirse en moda.

     Nos asaltan simulacros, copias idénticas de originales inexistentes; apariencias que nos construyen recuerdos no vividos. A su vez, nada es ya inviolable, todo puede ser cambiado.

     Sabido es, sin ninguna duda, desde la Antigüedad, que conocer no es reproducir; es construir. Si observamos la concepción constructivista del ser humano, nos presenta la idea de un sujeto cognitivo y social que no es el mero producto del ambiente ni de la herencia, sino el resultado de un proceso dialéctico y didáctico que involucra ambos aspectos. Por tanto, el conocimiento no es un reflejo del mundo – no hay más que ver el nuestro -, sino una construcción elaborada por el sujeto en la que son evidentes experiencias previas, ideologías, saberes acumulados y las representaciones e imaginarios sociales. Cabe sentenciar que el acceso al conocimiento, su producción y posterior comunicación no es una acción sintética, concreta o denotativa, es una palabra que se extiende al hacer en todas las direcciones, en todas sus manifestaciones. Es la posibilidad del ser estético o no, para expandirse, crecer y construir; es decir, construir conocimiento. Me viene ahora a la mente, Gustave Flaubert, cuando decía – no sé si exactamente así, pero dentro de esta concepción -, cada cosa tiene un sustantivo que la nombra, cada acción un verbo que la mueve, y cada cualidad un adjetivo que la designa; ahí empieza el problema, en la pobreza interpretativa y lingüística en la que nos encontramos, de acuerdo con un mundo culturalmente empobrecido, sobretodo porque el débil pensamiento individual se apropia de la cultura del grupo humano al que se pertenece. Cierto es que para la mayoría de nuestra sociedad la creatividad o la creación es un “don” privado de algunos elegidos a los que se encuadra en la categoría de artistas, talentos, descubridores o genios. 


Me remitiré a las palabras de Lev Vigotsky:     “Llamamos actividad creadora a toda realización humana generadora de algo nuevo, ya se trate de reflejos de algún objeto del mundo exterior, ya de determinadas construcciones del cerebro o del sentimiento que viven y se manifiestan sólo en el propio ser humano”.

     Siguiendo con Lev Vigotsky

     “Toda actividad humana que no se limite a reproducir hechos o impresiones vividas, sino que cree nuevas imágenes, nuevas acciones, pertenece a la función creadora o combinadora. El cerebro no se limita a ser un órgano capaz de conservar o reproducir nuestras pasadas experiencias, es también un órgano combinador, creador… Es la actividad creadora del hombre lo que hace de él un ser preyectado hacia el futuro, un ser que contribuye a crear y que modifica el presente”.

     Puede afirmarse que la actividad creativa se relaciona directamente con la variedad y la riqueza de la experiencia acumulada; vivida o no, veraz, verosímil, parodiada o falseada. Posteriormente, la industria cultural llevará a todas partes los elementos de la sociedad de consumo por “imbecilidad calculada”, según Theodor Adorno, de la Escuela de Fráncfort, al que debemos recordar por la cuestión central de su pensamiento: ¿Por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, se hunde en un nuevo género de barbarie?.

…ahora que todos aprendemos de 

Las Vegas.

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