16 ago. 2016

Publicado el 16 agosto por | 0 comentarios

Cómo explicar obras de arte a Mari Sancha o Sanchica…

…de madrugada, en el paseo con Dafne, al amparo de la luna; el encuentro casual o causal con dignas dulcineas, insomnes damiselas despistadas, desencadena de inmediato un proceso – inoportuno y equidistante-, que neutraliza los contenidos y su materia, en beneficio de la seducción rutinaria. No trascurre ni un solo minuto en libertad, - liquidada la conciencia inicial de clase-, se fraterniza al instante, tomando como base conceptual: el barrio. O, en su caso: sentimientos compartidos o dónde la realidad se copia a sí misma. Ante un “estoy muy estresada, duermo fatal”; calma, nada de excesos, nada de desbordamientos o de tensión, sabemos que el cerebro siempre trabaja con aquello que percibe de la propia secuencia, desde el conocimiento innato, de este modo, nada puede llevar el momento y su fugacidad, al abandono y la desmotivación. Recomendable es: esperar, con sosiego; puesto que en las siguientes lunas, entre confesiones y picantes anécdotas, emerge el tamiz subcultural y contracultural: la universal, perenne e insaciable afición humana de acumular objetos domésticos y extradomésticos, ejemplares propios y de olvido intencionado, pensamientos clásicos y de sobrecillo de azúcar; o, incluso, relaciones interpersonales, mención especial para aquellas historias que en su comienzo, atesoran algún tipo de rareza, que nos atrapa y nos hace querer saber más. El canadiense, Robertson Davies, escribió el ensayo “El Coleccionista de Libros”, en 1962, publicado en la revista Holiday, un esbozo de una acertada tipología –que resulta casi una patología-. En definitiva, vivencias tristes, envueltas en el recuerdo de lo que ya ha pasado (y no tiene remedio), sin poder acertar a comprender ni el presente (aquello sobre lo que se puede actuar), ni el futuro (aquello que se puede modificar).

Instalados en el campamento base, de esta malintencionada crisis; rodeados de teléfonos más inteligentes que nosotros mismos, tabletas, computadoras, y, sin tiempo para mirar la luna o escuchar a Beethoven. Una crisis prefabricada que, por lo que parece, ha venido para quedarse, y no ha conseguido modificar nuestros deseos de bienestar y de distracción; evidente, entretanto, se multiplican las catástrofes ecológicas, sin engendrar ningún sentimiento trágico de fin de mundo; seguimos practicando Yoga, Hipnotismo, Danza Contemporánea, Tai Chi, Gestaltterapia o Meditación Trascendental –porque nada en la realidad es excesivamente trascendente-. Nos ofrecen (y ofrecemos) el cebo del deseo y, a suvez, la barrera de la represión (las famosas líneas rojas tan denostadas en la actualidad), causando una provocación que se refleja en una irresistible tendencia a la reconquista del YO, -¿bajo qué árbol, cerca de qué puente, nos ponemos a salvo del resto del mundo?-. En estos días tan aparentes, cada individuo debe decirlo todo, debe liberarse de los sistemas de contención, de los sistemas de defensa anónimos que puedan obstaculizar su huida maltrazada hacia sí mismo. Cada individuo, debe personalizar su deseo por asociaciones libres y, más en la actualidad, por lo no-verbal, el grito, la violencia, la intolerancia y el sentimiento animal. Al mismo tiempo, la liturgia de los espacios públicos se vacía de emociones, por defecto en algunos casos y por exceso de informaciones en otros, exceso de reclamos y extrañas animaciones; turbadoras experiencias para la mente; en fin, la gran abstracción.


“Iba caminando por un camino con dos amigos. El sol estaba poniéndose. De repente el cielo se volvió rojo sangre. Hice una pausa, sintiéndome exhausto, y me apoyé en la cerca. Había sangre y lenguas de fuego sobre los fiordos negro azulados y la ciudad. Mis amigos siguieron caminando y yo me quedé ahí, temblando de ansiedad, y sentí un grito enorme, infinito, pasando a través de la Naturaleza”. Así expresó Edward Munch: El Grito; de manera semejante refleja ese proceso de tensión continua, sin momentos de reposo “Pierrot Lunaire”, obra de Arnold Schönberg. La brecha sigue proyectándose hacia el abismo, la herida no cicatriza; una falla avanza sin remisión posible entre la experiencia vivida y el conocimiento universal, entre el oráculo y el juego, entre los sagrado y lo lúdico, entre el animal que juega y el animal que conoce.

Cuando revisando la dialéctica del Todo y la Nada, -con Dafne, al amparo de la Luna-, desembarcamos en enigmáticos cinturones de urbes de casas vacía –mientras pensamos en ciudadanos sin techo y tal vez, sin urbe-, espacios en los que es imposible reconocer iconos o señales que sobrepasen al constructor corrupto o corrrompido por terceros –ni mitos, ni leyendas, ni monumentos, ni límites naturales, ni siquiera un Einstein de gomaespuma o un Darwin de carámica tailandesa-. El mapa es desolador: se manifiesta una representación imaginaria del Yo, con sus condiciones y condicionantes irreales de inexistencia. En “Cómo explicar las obras de arte a una liebre muerta”, Joseph Beuys, convertido en escultura viviente, -con la cabeza cubierta de miel y pan de oro-, se sienta en un rincón de la Galería, en donde explica a la liebres que tiene en su regazo, como si fuera un niño, el significado de sus propios cuadros. Previamente se ha paseado por la Galería, enseñándole sus dibujos y dejando incluso que los tocara con sus patitas. Para Beuys, los animales son tan inteligentes como el ser humano, y hay que aprovechar las fuerzas de algunos, para contribuir al desarrollo político y social del mundo. En esta conmovedora obra, Beuys, defiende que prefiere explicar sus obras a una liebre muerta “porque realmente no me gusta explicárselas a la gente”, decía, y puesto que, “incluso una liebre muerta tiene más sensibilidad y comprensión instintiva que algunos hombres con su testaruda racionalidad”. Me viene a la mente en este instante, la “Historia de los Animales”, de Aristóteles; primer tratado conocido sobre el mundo natural. Sabido es: hay monstruos posibles y monstruos imposibles.

“Yo, recién levantada, soy como un huevo duro. No tengo cejas, no tengo ángulos, soy un rostro plano. Me tengo casi que dibujar la cara cada día para vérmela. Y eso no es lo que yo siento que soy, ni lo que quiero ser”, dijo Alaska, en una entrevista a El País, citando una frase del ambiguo cantante Boy George, -que le pareció sublime-. Sigue diciendo Alaska en la misma entrevista: “Todo ese debate entre la belleza natural y la artificial es falso. Desde el momento en que te depilas, o te maquillas, ya no eres natural. Porque además, cada uno tiene una idea de la Belleza. A mí, hay supermodelos que me parecen horrorosas. En el fondo, soy como una transexual sin problemas de identidad de género. He ido reconstruyéndome para parecerme a lo que quiero ser”. Vemos que no existen respuestas ideales; queda la gratificación de ver el uso propio de la Belleza, esparcida en los vácuos cinturones urbanos. Cada “customización”, cada obra individual –subjetiva y arbitraria-, tiene su sitio. ¿Su percepción?... se basaría siempre en realidades simultáneas, no en posiciones a favor o en contra; pensamiento expresado y defendido por Lawrence Weiner, artista neoyorquino, impulsor del Conceptualismo en los años sesenta y conocido por el uso de frases crípticas, escritas en todo tipo de soportes, también en los museos y en los espacios públicos.

...y mientras deshago los pasos andados, me recreó en un pensamiento más: Tristán e Isolda, Lancelot y Ginebra o Fernando y Miranda; aislados de todo aquello que era superfluo en las relaciones humanas, sólo querían compartir hermosas horas de juego frente al tablero de ajedrez; ¿O no era el juego lo que les llevaba a pasar juntos porciones de la Eternidad?...
...”A Sanchica, tu hija,
 se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro contento”...
   


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