14 oct. 2016

Publicado el 14 octubre por | 0 comentarios

Un piano para Elche

Mi historia


Era la primera vez que salía de España. Un amigo me invitó a pasar el mes de agosto allí. Entonces yo no sabía adónde iba mi avión. Al cabo de unas horas, me había convertido en un joven ilicitano perdido en la capital de Rusia.

Y es que parecen palabras muy grandes. ¿Qué hacía yo en Moscú? Pues, simplemente, me atraía el hecho de poder conocer una sociedad tan diferente a la nuestra, aunque más tarde me tuve que tragar mis palabras. Aquel país sí que era diferente en una cosa: la cultura.

Se me hacía raro escuchar constantemente preludios de Chopin o concertos de Vivaldi allá adonde iba en Moscú. Yo, como recientemente me había graduado en música por el Conservatorio Profesional de Música de Elche, me empecé a interesar por aquel fenómeno que nunca había presenciado ni siquiera en el Parque Municipal de mi ciudad. Era tal el surrealismo que estaba viviendo que hasta creí estar soñando cuando oía a los jóvenes rusos (no más de 17 años) ir caminando por las calles escuchando el Invierno de Vivaldi en sus iPhones 6. Aunque no todo eran alabanzas hacia los compositores foráneos. Todos los días que iba a la gran fuente central del Parque Gorky no faltaba que pusiesen alguna obra maestra de Tchaikovsky, ProkofievRimski-Kórsakov y otros compositores propios de su patria. Aquello me fascinaba a la vez que me daba nauseas. ¿Cómo podía sentirme al darme cuenta que hasta en los parques de allí se podía respirar un nivel cultural que en los ilicitanos (y españoles) nunca había visto? Ya empezaba a mosquearme, pues creía que todo aquello era sólo un paripé para impresionar a los extranjeros. Quizás querían que pensásemos que, a pesar de lo mal que hablan los medios occidentales sobre Rusia, este país era superior a nosotros incluso en la cultura. No sé, no sé... Como no me fiaba, comencé a investigar.

Mapa del metro de Moscú (Sokolniki, arriba en la línea roja).
Pasaron los días y me percaté de algo que me sorprendió aún más. Aparte de la explotación de la música clásica ya mencionada, comencé a oír canciones de los años 80 en las tiendas y en las radios de los taxis. Me pareció, a lo que menos, estremecedor. ¿Tan atrasados estaban? Días después me explicaron que aquello era norma porque se perdieron esa época debido a la Guerra Fría. Fue así cómo di con unas personas que habían estudiado en el Conservatorio de Moscú. Esas personas me contaron que lo de escuchar música clásica era normal en su país. También me aconsejaron que, si era músico o compositor, me dirigiese a Sokolniki, un parque situado al norte de Moscú. Tenía que coger la línea 1 del metro, la de color rojo (la más antigua). Hice lo que me sugirieron y me puse en camino.

Ya en el metro me preguntaba qué clase de parque me iba a encontrar. En mi cabeza me venía a la mente lo típico: un parque en el que se reúnen músicos de la calle con sus instrumentos y se ponen a tocar libremente. Claro, eso ya lo había visto tanto en Elche como en otras ciudades españolas. Nada iba a cambiar si esos músicos callejeros se mudaban de la calle al parque. El continente era el mismo. Ahora bien, cuando llegué a Sokolniki, el contenido resultó que era muy distinto a lo que me esperaba...

Cenador con uno de los pianos del parque Sokolniki (Moscú).
Dos pianos verticales. Dos pianos situados cada uno en dos pérgolas diferentes, una alejada de la otra, como a unos doscientos metros. La primera estaba situada al lado de un plantario y un observatorio para ver las estrellas (abierto al público) y el segundo estaba localizado cerca de la hermosa fuente central, donde se reunía la gente para descansar y disfrutar del aire puro, los puestos de perritos calientes (y para mi sorpresa, también había de churros con chocolate) y poder escuchar la música pianística que salía de los muchos altavoces que había repartidos por todo el lugar. Pregunté a uno de los seguratas qué tenía que hacer para poder tocar alguno de aquellos dos instrumentos, y lo que me respondió me dejó de piedra: "¡Es gratis!"

Dos pianos libres para que todo aquel que quisiese expresar sus sentimientos y emociones pudiese hacerlo de forma gratuita y, además, con público incluido. Pues no pasé horas y horas allí sentado en uno de esos pianos. Y día tras día regresaba a Sokolniki para hacer lo mismo. Así fui conociendo a otros músicos y compositores que se acercaban por allí atraídos por la música. Unos eran aficionados, otros más profesionales, pero todos coincidían en una misma cosa: el amor por la música. Pregunté a varios de ellos si esos pianos los retiraban cuando llegaba el invierno y me respondieron que siempre permanecían allí. Lloviese o nevase (los cenadores estaban techados), aquellos pianos no se movían del sitio. Durante los 365 días del año, cualquier visitante podía utilizarlos para tocar lo que gustase. Me enamoré de aquel lugar. Por fin había encontrado el sitio perfecto para músicos y compositores y, junto a mi fascinación, comencé a comprender el alto nivel cultural y musical que tenía la sociedad rusa.

Dejando de lado el plano musical, he de decir que me asombró también ver el respeto y el cuidado con que la gente trataba aquellos instrumentos públicos. Un día estaba lloviendo y vi que un joven se acercaba al piano con su bici, sacaba un trapo de su mochila y comenzaba a secar la parte superior del instrumento. Ese sólo fue un caso de los muchos gestos de educación que observé, aunque lo que realmente admiré fue el respeto que tienen los rusos hacia los bienes comprados con dinero público. Ninguno de aquellos pianos había sufrido algún acto de bandalismo, aun sabiendo que estaban allí durante todo el año. Pensé que sería debido a que los cambiaban cada año pero, al sentir el tacto de aquellas teclas y el sonido envolvente y "usado" que tenían, me di cuente de que el único mantenimiento que recibían era una puesta de afinación cada seis meses aproximadamente. A todo esto, tampoco recuerdo ver ningún pintada en ningún muro, farola o cajero automático. Pero bueno, esa es otra historia.

Mis motivos


Mi fascinación por aquel sitio era evidente. El final de mis vacaciones en Rusia se iba acercando y, con él, mis pesadillas de no volver a pisar un lugar como Sokolniki cuando regresara a España. Sí, es cierto, sé que en Madrid cada año se organizan las jornadas "Madrid se llena de pianos", una iniciativa que unas veces dura una semana y otras menos (este año parece que un día) y que consiste básicamente en la instalación de pianos de cola en las calles de Madrid para que viandantes aficionados y profesionales puedan interpretar su música al aire libre durante un determinado periodo de tiempo. Esta es otra de las cosas que no consigo comprender acerca del postureo español. No por tocar un piano de cola se es mejor músico. Lo único que se hace es mostrar el despilfarro que ello conlleva, ocasionando un efecto contraproducente a demostrar que España es un país de cultura. Más bien se demuestra que nuestro país tortura y presiona al músico pobre, al generar en los jóvenes actitudes tales como "yo no me hago pianista porque es cosa de ricos". Recordemos que en Sokolniki sólo hay dos pianos verticales (de marca rusa, por cierto).

Cuando regresé a mi ciudad natal, Elche y me di uno paseo por el centro intentando encontrar alguna similitud con aquel maravilloso lugar de Moscú, fue cuando comencé a hacerme preguntas. ¿Era mi ciudad menos apropiada que Moscú para albergar un piano en un lugar público para que sus ciudadanos lo pudiesen tañer libremente?

Si nos detenemos un momento y recopilamos el patrimonio musical que tenemos en nuestra ciudad, los artistas y obras que podemos encontrar son admirables. Para empezar, no hay que olvidar que nuestras palmeras han adoptado las notas de nuestro mayor exponente musical, Alfredo Javaloyes López, a quien le tenemos que agradecer nuestro himno a Elche. Pero eso no es suficiente, de no ser por Alfredo, muchos ilicitanos se hubiesen quedado con las ganas de escuchar nuestro Misteri d'Elx, pues fue él quien compuso "El Abanico" que nos introduce cada año, durante la segunda semana de agosto (y en octubre los años pares), las representaciones de nuestro Drama Asuncionista. Obviamente, también hay que mencionar el esfuerzo y empeño que ponen los profesores de la Escolanía del Misteri, quienes estoy seguro de que en cada ensayo emplean un instrumento como el que vi en aquel parque de Moscú. Además, el Consueta del Misteri d'Elx (obra que inspiró y "enternarizó" a nuestro artista ilicitano, Sixto Marco) y el Himno de la Venida de la Virgen son piezas musicales que fueron compuestas, seguramente, con la ayuda de algún instrumento de tecla de aquellos remotos tiempos, predecesor a nuestro evolucionado pianoforte. Tampoco tenemos que olvidar a músicos ejemplares que nacieron en Elche, como es el caso de Fernando Acuña, y ya más actuales como el organista por excelencia de nuestra Basílica de Santa María, quien nos prepara cada año las "Salves" después de cada Festa, Ildefonso Cañizares. También el humilde teclista Robert Ramírez, que se nos internacionalizó con aquel "Sick of Love" en el verano de 2010, el actual teclista de la banda ilicitana "Love me Back", Ginés Cecilia, y cómo olvidar a nuestro pequeño Mozart, Francisco José García, quien debutaba con el piano en las salas de concierto cuando tenía tan sólo 13 años. Y aunque he intentado mencionar los más destacados, sé que todavía me dejo cientos de músicos y compositores ilicitanos en el tintero que se merecen, por lo menos, un mínimo reconocimiento con un gesto musical en su ciudad de origen.


Mi propuesta


Sabiendo todo esto y viniendo de un conservatorio ilicitano, mi pregunta es: ¿Cómo es posible que una ciudad tan musical como la nuestra todavía no cuente con un piano abierto al público para que puedan tocarlo sus ciudadanos? ¿Es que no podemos ser una ciudad modelo a seguir tanto en el ámbito musical como en el social y cultural?

Pérgola o cenador del Parque Municipal de Elche, lugar que propongo para la instalación del piano público.

Dado que me dais la oportunidad de proponer alguna cosa para mi ciudad a través de vuestra iniciativa #elcheciutatmodel, mi propuesta es la siguiente: colocar un piano vertical (que no de cola) en el cenador del Parque Municipal. Claro, decir las cosas así, a la ligera, es muy fácil, porque nos remontamos al mismo problema de siempre: la propuesta más idónea y el lugar más idóneo no es el que decida yo o el que decida el Ayuntamiento de Elche, sino el que decida nuestra sociedad y el respeto que tenga hacia su patrimonio local, ese que se paga con nuestro sudor y lágrimas y que acaba como el busto de la Dama de Elche que hay en la Glorieta o las flores que solían decorar el puente de Altamira. 

Enrique Girona

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